Uyuni, la sal de la vida

Queríamos poner un poco de sal en nuestra vida, así que lo hicimos a lo grande, visitando el Salar de Uyuni. Posiblemente el paisaje más espectacular que hemos visto hasta el momento. Además, tuvimos la inmejorable compañía de Carolina y Rafael, una pareja de Rio de Janeiro, y de Valérie y Nicole, otra de París. Y de nuestro guía, Luis, un joven profesor de literatura que se gana mejor la vida manejando un cuatro por cuatro.

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Pasamos tres días y dos noches. El frío era intenso, especialmente por las noches, en que con facilidad el termómetro marcaba bajo cero.

El primer día salimos del fantasmal pueblo de Uyuni sobre las 11h. La primera parada fue a pocos quilómetros, en un cementerio de trenes, los mismos que llevaban la plata de Bolivia a Chile, concretamente, la plata del cerro Rico de Potosí.

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En unas horas llegamos al salar más grande del mundo. Todo blanco. Horizonte también. No había olores, ni árboles, ni animales, pero el blanco era tan seductor que durante los primeros instantes nadie podía decir nada. Sólo mirábamos, nos movíamos, dábamos una vuelta y veíamos que sí, que era real. Aquí, Luis, el conductor-guía, demostró ser además un magnífico fotógrafo.

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Después de un suculento picnic de maletero, más emociones: la Isla del Pescado. Una montaña rocosa en medio del salar con unos cactus gigantes, de más de cuatro metros. La panorámica desde la cima es impresionante.

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La primera noche nos quedamos a dormir en un hotel de sal, muy básico, pero correcto. La siguiente noche fue en un hostal, más que muy básico, sin calefacción. Éramos seis en cada habitación, con seis camas individuales… y dejamos tres libres. El mejor remedio para el frío es el calor humano. Esa noche pasamos frío de verdad. Las duchas también costaban 10 bolivianos (1€), pero pocos fueron los valientes en abrir el grifos.

Lo que vimos los siguientes días fue de nuevo extraordinario, de otro planeta. Nuestras cámaras vivían una orgía permanente. Lagunas de colores (la colorada, la verde, la blanca) con flamencos que parecían soportar el gélido y fuerte viento tan campantes. Al fondo, montañas de nieves perpetuas y volcanes. Entre laguna y laguna, las vicuñas – parientes cercanas de las llamas – eran parte del escenario y si parábamos a fotografiarlas, nos observaban con curiosidad. Incluso visitamos un bosque con árboles… ¡de piedra!

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Pasamos muchas horas en coche. En las primeras la música era una mezcla de salsa y boleros de amor. Cuando ya no podíamos más de tanta ternura musical, César hizo la pregunta perfecta: ¿Tienes otro tipo de música? Estuvimos de suerte. Nuestro guía tenía un archivo de clásicos: Oasis, Michael Jackson, Bryan Adams, Amistades Peligrosas, Carla Bruni… Una recopilación un tanto peculiar que nos hizo cantar a pleno pulmón.

Y cómo no, los géisers y su olor azufre. Unas fumarolas a más de 4.000 metros que vimos a las  seis de la mañana con un viento glacial.

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Tras la sulfurosa experiencia, vino la guinda de nuestro viaje, fue el baño en la terma natural del último día. Aunque eran las siete de la mañana y el frío era estremecedor, una vez dentro la sensación fue de placer absoluto.

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Y así estuvimos, allí dentro, cerca de una hora y nuestro guía nos iba diciendo que, por favor, salir ya que no tendremos tiempo para lo demás. Y así fue, no tuvimos tiempo de ver más, pero la felicidad vivida ya es imborrable.

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Hasta el Macchu Pichu y más allá

En el Valle Sagrado está una de las maravillas del mundo: Macchu Pichu (montaña vieja, en quechua). Las ruinas de toda una ciudad ceremonial inca  que no fue descubierta por los colonos españoles – ¡qué suerte! -, rodeada de montañas altas y verdes, de vegetación selvática y virgen. Una vez allí, entiendes porqué es el Valle Sagrado. Te puedes pasar horas simplemente observando el inmejorable paisaje… pero no lo hicimos. Una vez visitadas las ruinas al pie del Huayna Picchu (montaña joven), caminamos hasta las ruinas de un derruido puente inca y, no contentos con ello, ascendimos hasta la Inti Punku (Puerta(punku) del Sol (inti)). Allí, ademas de gozar de una gran panorámica de las ruinas, vimos llegar a personas que acababan el Camino Inca, un mítico trekking de cinco días desde Cuzco. P1010504   P1010591 P1010571   P1010590 Lo que clama al cielo (o al Inti) es el precio del tren para llegar a Aguas Calientes, al pie del Macchu Pichu. Una hora y media, ida y vuelta, cuesta 120 dólares por persona (extranjera). Sí, 120. Y no son trenes bala, ni AVEs. Un dato: hay dos compañías, Peru RailInca Rail, la primera chilena y la segunda inglesa, ambas igual de caras. Un duopolio en toda regla. Pero el Valle Sagrado no se acaba en Macchu Pichu. Hay otros vestigios incas maravillosos como Pisac, Moray, las salineras de Maras

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Uno de los lugares que nos sorprendió muy positivamente fue Ollantaytambo, un pueblecito a una hora y media del Machu Pichu, el único que mantiene la estructura de poblado inca. Perderse por las estrechísimas calles empedradas es más que recomendable. Allí nos hospedamos en la casa de Mi Pequeña Ayuda, una asociación que ayuda a los niños con necesidades especiales del pueblo y las aldeas vecinas. Algunas familias de estos niños los ocultan de la sociedad por vergüenza y por pensar que son un castigo de Dios. Mayra, una encantadora joven limeña, es la coordinadora de esta gran iniciativa que, con la ayuda de voluntarios llegados de diferentes paises, ayuda a más de veinte niños. Aunque la riqueza del turismo (y los 120 dolares del billete del tren) deberia hacer innecesaria esta ayuda externa, lo es para atender estos chicos.

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Así es este valle. Sagrado y mágico, pobre y solidario, Muchísimo más que el entorno del Macchu Pichu.

11S, con S de Salvador

El 11 de Septiembre de este 2014 hizo exactamente 41 años que un Golpe de Estado de la ultraderecha política y militar, al servicio de los ‘ultraliberales’ de Chile y Estados Unidos, bombardeó el Palacio de la Moneda, derribó el gobierno de la Unidad Popular encabezado por Salvador Allende y asesinó e hizo desaparecer a miles de personas. La derecha chilena, como la española, habla de mirar hacia delante y no quiere oír hablar de justicia y reparación. Pero hoy, la presidenta Michelle Bachelet, cuyo padre fue asesinado por sicarios del golpista y dictador Augusto Pinochet, habla de la necesidad de la memoria histórica en la sociedad y la educación.

A las 10h, en el edificio del Senado, se presenta el libro ‘Allende en el recuerdo’, a cargo de Óscar Sotomédico de Salvador Allende y compañero en sus últimas horas en La Moneda. El acto se presentado por la propia presidenta del Senado: Isabel Allende, la hija del Presidente. La sala se llena hasta los topes de personas de todas las edades.

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Al final del acto, un hombre con casco rojo, camiseta de Allende y bandera de la Unidad Popular llama dos veces ‘Compañero Salvador Allende’ y la gente responde ‘Presente’ para acabar con ‘Ahora y siempre’. Me comenta más tarde que es hijo del último dirigente campesino que se reunión con Allende.

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Escucho estos mismos gritos más tarde bajo la estatua de Salvador Allende, frente al Palacio de la Moneda, por parte de diferentes asociaciones, centrales sindicales y partidos que acuden a hacer una ofrenda floral. También se oye ‘Se siente, se siente, Allende está presente’. Claman por la memoria y la justicia social las asociaciones de profesores, los militares purgados, los familiares de los desaparecidos, la coordinadora nacional para el fin del subcontrato, la coordinadora unitaria de trabajadores y muchas más. La marcha más multitudinaria, de cientos de personas, lleva conjuntamente las ofrendas florales del Partido Socialista, al que pertenecía Allende, y el Partido Comunista, pieza clave de la Unidad Popular.

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Por la tarde, las tiendas cierran más temprano por temor a los habituales disturbios donde no son extrañas las barricadas de fuego e incluso el uso de armas por parte de algunos manifestantes. Por la mañana, la rabia se ha traducido en algún autobús quemado. Por otra parte, hace tres días, un inédito atentado con bomba junto al metro de Santiago, hirió a catorce personas.

Una nueva Unidad Popular ‘gobierna el país desde hace un año y ayer aprobó una reforma fiscal. Los ingresos deberían servir, entre otras cosas, para financiar una educación al alcance de todos – la de ahora es claramente discriminadora y elitista – y hacer un mejor reparto de la riqueza. Tal vez, como predijo Allende, se están empezando a abrir ‘las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor’.

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Y llegamos a la capital del Imperio

Y llegamos a los 3.399 metros de altitud de Cusco, la antigua capital del Imperio Inca, una de las ciudades más bonitas de Perú. El mal de altura no nos afectó, aunque nos costaba respirar en las subidas, que no eran pocas. Allí estuvimos casi una semana, antes y después de visitar el Valle Sagrado y el Macchu Pichu. Los primeros días nos hospedamos en casa de Aydé, profesora de quechua en la Universidad y a la vuelta del Valle Sagrado, en el hostal Mama Simona.

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Cusco es una ciudad con tanta riqueza cultural que cuesta decidirse por donde empezar. Ruinas incas, museos, calles con mil historias y una plaza de Armas magnífica, elementos que hacen que Cusco sea uno de las ciudades más turísticas de Perú. Aunque estuvimos casi una semana y visitamos muchos lugares, nos fuimos con la sensación de dejar cosas por ver.

Una de nuestras visitas fue Sacsayhuaman, una antigua fortaleza inca con forma de cabeza de puma que, en lo alto de la colina, completaba la forma de dicho animal con la que había sido diseñada la ciudad. Los bloques de piedra son impresionantes y la panorámica de la ciudad, aún más.

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Otra de ellas fue el museo del Inca Garcilaso de la Vega – hijo de una princesa inca y un militar español. En él, además de la historia del escritor, pudimos conocer la historia de Tupac Amaru, un líder independentista, que se rebeló contra los españoles, detenido y ejecutado.

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En su tiempo, Qoricancha fue el templo más importante del Imperio Inca y punto de partida de los caminos, antes de que su oro fuera saqueado por los conquistadores y posteriormente entregado a los católicos, que erigieron una iglesia. Ahora, quedan algunos muros de piedras finamente talladas y encajadas con las típicas ventanas trapezoidales de la construcción inca.

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Un imperio que tuvo 13 emperadores, el quechua como lengua oficial, llegó a su máximo esplendor con Pachacutec y fue sometido por Pizarro, que aprovechó la guerra por el trono entre Atahualpa y Huáscar. Cuando por fin, un Perú se liberó del yugo español, en 1821 y declaró su independencia, la Constitución estableció una única lengua oficial: el español.

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Caminando por las dunas

Entre Lima y Nazca, hicimos una parada en Ica, ciudad absolutamente anodina , pero con un atractivo cercano: el espectacular oasis de Huacachina.

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Aunque había booggies para recorrer las dunas, escogimos una opción más ecológica y económica: caminar. Antes nos comimos unas hamburguesas ante la expectación de unos amigos cuadrúpedos.

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Tras el breve almuerzo, iniciamos la subida, breve pero intensa, que nos llevó jadeantes a la cresta de la duna. Desde allí, observamos un impresionante panorama: el oasis, las dunas colindantes y una ciudad fantasma al otro lado de la duna.

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Al caer el sol, también lo hicieron las temperaturas, así que decidimos abandonar el frío de la cima de la duna y descender a refugiarnos en un bar del oasis y aprovechar la happy hour tomar un par de pisco sours.

Tres días felices y uno muy triste

Nos conocimos en un autobús peruano, camino de Nazca y a partir de allí compartimos parte del viaje. Éramos cinco: Luís, Jonatan, Raquel, César y Laia. Nos unían las matemáticas y las ganas de conocer. Cuatro profes de mates y una química. Visitamos las líneas de Nazca, unas misteriosas marcas de formas animales en el desierto,

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unas marcas que otra matemática, la alemana Maria Reiche se empeñó en interpretar, valorar y conservar, patrullando con su propia furgoneta. Más tarde salimos en boogie a visitar pirámides y a hacer sandboarding (surfear en las dunas).

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A continuación viajamos a Arequipa, una preciosa ciudad desde donde hicimos una excursión al Cañón del Colca. ¡Salimos a las tres de la mañana para poder ver los cóndores! Aunque había más aves…

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Al día siguiente, para despedirnos, fuimos a comer a la Plaza Mayor de Arequipa las especialidades locales: chupe de camarón, cuy (conejillo de indias), anticuchos (corazones de vaca),…

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Durante esta y otras comidas y en otros momentos que compartimos hablamos de muchas cosas: las clases de matemáticas – las nuestras en el instituto en España y las de Luis en la Universidad de Concepción, en Chile -, los viajes e incluso sobre la existencia de vida después de la muerte, con la inocencia de los treinta años y pensando que aún no nos toca. Luis nos invitó a visitarle en Concepción en nuestro viaje por el sur de Chile.

Tres semanas más tarde, Jonatan nos comunicó la terrible noticia: Luis, aficionado al alpinismo, había sufrido un accidente en el ascenso de un volcán. Un accidente mortal. Incredulidad e impotencia.

Treinta años, tanta vida por vivir. No te olvidaremos nunca.

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En Iquitos no hay mosquitos

Iquitos es una mítica ciudad en plena selva amazónica, la mayor del mundo inaccesible por carretera. Las únicas opciones son llegar en barco por el Amazonas o volar, lo que hicimos nosotros desde Lima. Iquitos vivió la fiebre del caucho desde finales del siglo XIX hasta que, a principios del siglo XX alguien llevó semillas del árbol a Indonesia y les arruinó el negocio. De aquel esplendor quedan hoy casas coloniales en su mayoría decadentes, aunque algunas se están renovando para uso de la nueva industria: el turismo.

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Para nosotros fue básicamente la base desde la cual hacer una incursión en la selva amazónica. Aunque somos viajeros independientes, no osamos penetrar por nuestra cuenta en un territorio tan hostil, así que contratamos un tour de tres días con Marcel Bendayán, un limeño que tras vender su hostal flotante en Iquitos, puso en marcha la agencia Llaquipallay Expeditions. Con él nos fuimos en taxi hasta Nauta (hora y media) y de allí embarcamos y tras cinco horas en bote llegamos al lodge – una cabaña de madera – en plena selva a 250km de Iquitos.

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Desde allí, junto a una pareja neozelandesa, Marcel, su socia y compañera, Romina, y Lobo, nuestro guía local, hicimos incursiones en la selva en que vimos el árbol estrangulador, la gigante planta acuática Victoria Regia, la magnífica mariposa blue morpho y como una araña se hacía un rollito de primavera con un mosquito.

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También visitamos poblados y hablamos con sus habitantes. En una de las casas, tenían un entrañable perezoso que abrazó a Laia con tanto cariño que le dejó un ‘recuerdo’ de sus garras en el brazo. También hablamos con Felícita, que nos contaba con pena que su hijo, un experto guía de la zona, murió al caer de un árbol y ella ya estaba aburrida del poblado y se quería ir a la ciudad, Nauta.

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Una de las noches fuimos a buscar caimanes, ya que por el día permanecen en el fondo del río. Costó, pero al final, tras hacer una incursión en un tramo de poca profundidad y sortear ramas y troncos, observamos a la luz de la linterna del guía un pequeño ejemplar de metro y medio. Sinceramente, si llega a aparecer uno de seis metros ¡nos da un infarto! De hecho, otra de las noches pudimos ver que en el techo del lodge paseaba una hermosa tarántula y deseamos que se quedase allí zampando mosquitos.

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En el Amazonas pudimos ver delfines grises y rosados, nos bañamos, pescamos pirañas o simplemente observamos el atardecer entre tucanes y pájaros carpinteros.

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Otro momento emocionante fue la visita en la ribera del río a unos chimpancés que demostraron tener bastante malas pulgas e intentaron invadir el bote. Solo lo consiguió el más pequeño que, de un salto estratosférico, accedió al bote, se dio un atracón de papaya y se apropió del móvil del barquero. En una arriesgada acción, Romina recuperó el teléfono, lo que desencadenó una escandalosa rabieta por parte del primate.

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Como colofón a la fantástica incursión amazónica, Marcel y Romina nos llevaron a ver el mercado de Belén, en Iquitos, donde pudimos ver todo tipo de animales en venta. Desde monos a caimanes, pasando por armadillos, peces prehistóricos que viven dos días sin agua y gusanos ensartados en un pincho. Todo ello amenizado con la visita esporádica de los buitres vecinos. 

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Así que en Iquitos hay casi de todo pero, curiosamente, apenas hay mosquitos. Eso sí, en la selva, como te despistes y no uses constantemente repelente, te masacran.

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